La lluvia de estrellas
A la lluvia que vino
y trajo consigo las palabras.
Estaba prohibido jugar en la calle durante la lluvia de estrellas. María Luisa, la niña del vestido amarillo, lo sabía bien. Durante el desayuno, sus padres le habían remarcado con insistencia el peligro subyacente a un fenómeno de tal naturaleza. Pero, con siete años de edad, María Luisa prestaba más atención a esbozar imaginariamente la lluvia estelar que a comprender la gravedad que pesaba tras las palabras de sus papás.
Anochecía. Desde el río, una brisa cálida y húmeda subía y se colaba al interior de la casa como una bandada de mariposas azules. María Luisa observaba el cielo oscurecer desde una ventana cerca de la puerta principal. Disfrutaba de la suavidad del aire. Afuera, los grillos cantaban; adentro, imperaba el silencio. Al costado derecho de la puerta, un pasillo conducía al estudio donde su padre estaba trabajando. Había llegado hacía una hora, más temprano de lo normal. Aún estaba ocupado, completamente perdido en cuentas, cálculos, sumas, números, una marea matemática que reducía el mundo a su escritorio.
Al lado izquierdo de María Luisa se repartían el espacio una sala de estar del color de los duraznos, un comedor para cuatro comensales, la puerta de la cocina. La espesura de la alfombra color rosa, el dorado en los detalles del papel tapiz, la luz cálida que flotaba desde una lámpara en la esquina y el olor a manzanas horneadas envolvían el ambiente. En el fondo de la habitación, la pintura de un atardecer mitigaba la vista. Detrás de María Luisa, una escalera comunicaba al piso superior. Arriba, su madre y su hermano menor dormían. La madre estaba agotada de tanta limpieza y de tanto calor; el hermano, de tanto jugar a descubrir el mundo. Ambos descansarían hasta que, más tarde, llegara la hora de cenar.
Frente a María Luisa, al otro lado de la ventana, se extendía la inmensidad del horizonte constelado e inquieto. El pórtico de madera blanca y crujiente, el jardín surcado por un sendero de grava, la banqueta, la calle, un parque, el río, el bosque, el cielo salpicado de miles de estrellas de colores, un mundo palpitante girando en torno a la niña del vestido amarillo. El aire era seda liviana pero tensa; la atmósfera, un cristal transparente y quebradizo. Los grillos parecían exasperarse. Comenzaban a chirriar con fuerza. María Luisa, de mirada expectante, sentía que algo se avecinaba, que la lluvia de estrellas estaba a punto de comenzar.
De pronto y, sin previo aviso, los grillos guardaron un silencio absoluto, la brisa se detuvo. Ante los ojos de María Luisa ocurrió algo asombroso: una estrella pálida con chispas escarlata se desprende de su sitio en el firmamento. La estrella se precipita hacia la Tierra. Corta el aire a su paso. Se escucha el rasgar del cielo mientras el astro impacta en el bosque, al otro lado del río. Una estela de luz, remanente del lucero que cae, se diluye dócilmente en la noche. Luego, la calma absoluta, la certeza de que algo prodigioso acaba de comenzar.
Segundos después, el fenómeno se repite. En el cielo, una estrella esmeralda parpadea, palpita, se desprende, se precipita, corta el aire, rasga el silencio, colisiona contra la calle frente a la casa. Al tocar el suelo, libera una onda que ilumina la escena una mínima porción de segundo. Luego, percute sin dirección fija, salpicando luz hasta quedar estática al lado de un automóvil. La esfera como perla brilla pálidamente en su sitio final. Y, sin más, una tras otra, estrellas topacio, cian y argén comienzan a caer del firmamento. A su paso trazan columnas luminosas, inundando el aire de silbidos suspirantes.
María Luisa miraba con fascinación el espectáculo celeste, ojos atados al horizonte, ambas manos apoyadas al cristal de la ventana. En medio de tal contemplación, sintió una curiosidad creciente entrar en su torrente sanguíneo, acelerar sus pensamientos. Mientras la sangre aumentaba de velocidad, la sombra de la prohibición y la imagen de sus padres se disolvían con rapidez, relegándose a un segundo plano. Así, las manos pasaron de la ventana al vestido amarillo, del vestido amarillo a la perilla de la puerta de la casa, de la perilla de la puerta de la casa al exterior.
María Luisa, cuidadosa, atravesó el pórtico salpicado de estrellas. Bajó las escaleras hacia el sendero de grava que cruzaba el jardín. Llovía copiosamente. Los grillos cantaban. Hacía calor. Empapada de luz, comenzó a jugar en el camino, riendo y brincando en dirección a la calle. Danzaba al ritmo de los silbidos celestes, giraba entre las columnas de vapor, se sumergía en un mundo eléctrico, líquido y mineral.
Encaminándose hacia el río, ya sobre la calle, sintió un súbito dolor en el antebrazo. El fragmento de una estrella le había rasguñado la piel, abriendo una herida. Miró. Una línea refulgente ardía, palpitaba. Pronto, la luz comenzó a expandirse, irradiando la mano, el brazo, el hombro, luego el pecho, la cintura, las piernas, subiendo al rostro, recorriendo su cuerpo entero. La luz fluía dentro de ella. Entendió lo que estaba ocurriendo. Intentó dar un paso, pero su cuerpo se había vuelto vaho. Los pies de María Luisa se despegaron suavemente de la superficie mientras se elevaba, luminosa, hacia el infinito.
Cuando llegó la hora de la cena, la lluvia había cesado. Los grillos apenas y cantaban, la brisa cálida recorría la casa. La madre se levantó y tomó a su hijo menor en brazos. Salió de su habitación, cruzó el pasillo, bajó las escaleras. Al ver la puerta de la casa abierta, su corazón dio un vuelco. Salió al pórtico, aún empapado de luz, buscando a su hija. No estaba en el jardín. Miró hacia el cielo y suspiró. Un único lucero resplandeciente se sostenía en el firmamento.
Rafael ALATRISTE
Foto de la portada: sookie
Rafa, me encanta! Sobre todo el final, jeje