Carta abierta
“Tienes sobrada razón al constatar la imposibilidad de discutir conmigo a tan larga distancia. Únicamente te hare notar una cosa: es tan difícil suponer un dolor que nadie siente, como un color que nadie ve o una dureza que nadie palpa. Es decir, no hay objetividad y la idea materialista de causas y efectos no tiene ni pies ni cabeza.”
Jorge Luis Borges en una carta a Jacobo Sureda
Hay fantasmas que me persiguen y hacen de la locura un estado constante en mí, que me hacen dudar de mi capacidad para poder querer a alguien y que la otra persona me quiera.
En esas introspecciones momentáneas que llegan cuando menos te lo esperas, que te hacen poner en duda todo lo que te pasa por la cabeza y de las cosas que puedes o no ser capaz de hacer incluyendo la capacidad de querer y, en algunas veces amar, saliste tú, de nuevo, a la luz.
No creo que tenga que justificar la incipiente necesidad de quererte decir por lo que tantos años me guardé. No sé ni tan siquiera si lo que estoy haciendo tenga un destinatario porque, al final quizás no me atreva a mandarlo a la persona que tiene que recibirlo. O quizás también, porque para el destinatario esto no exista.
Estoy haciendo esto porque me lo debo, aun si es de esta forma, porque sé que me servirá y espero, que también te sirva a ti. Hago esto por mí y, espero que te ayude para aliviarte si alguna vez te hice daño, un moretón o simplemente, no te hice sentir el bien que me hacías.
Basta con decir que ahora que estuve tan cerca de ti moría de ganas por decirte lo que te diré ahora. Mejor dicho, de confirmarte.
Basta con decirte que si bien esto es un arranque de locura que tantas otras veces me ha dado es la primera vez que siento que las palabras me vienen a la boca, aún si están mal organizadas.
Basta con decirte que no sé qué espero de esto. Sin duda alguna, espero que me sirva a sellar la ventana que me deja pensando horas, me distrae de mi realidad y me lleva a ese sueño que me hace idealizar, torturarme, despegarme y caerme.
Antes de seguir, tengo que admitir que soy una persona débil, insegura, mal de la cabeza, algo esquizofrénica y fiel creyente de que la guardia es la mejor manera de protegernos ante todo. Pero, es que creo que al final quien te está escribiendo ahora, es una persona dañada que, como muchas otras busca su pedacito de tranquilidad mental.
Es curioso porque de verdad, moría de ganas por gritarlo al aire, en tu oreja, a tu lado, a los demás. Pero siempre me detuvo pensar cómo sería visto dese afuera y como me sentiría yo al respecto. Incluso ahora que no te tengo de frente y estás más lejos que nunca, la única cosa que me pasa por la cabeza es pensar tu reacción. Pienso en que si estarás riendo mientras lo lees, si tu apatía se enciende más con cada letra, si borrarás mi correo, si llegaste al final , si le contarás a un amigo, si me harás sentir mal… Porque, definitivamente, no creo que llores. Son éstas y miles de otras pequeñas cosas que, me hacen llenarme más de miedo y alargar mi preámbulo algunos párrafos más.
No te culpo si desde ti no he vuelto amar a otra persona. Debo de admitir que, la idea de ti me distrae, me llena de comodidad y me evita esforzarme en abrir los ojos. Eres mi refugio, pensar en ti me hace no pensar en alguien más y todo lo que implica. Exponerse, dejar que te atropellen y, bajar la guardia.
Contigo nunca bajé la guardia e incluso cuando la bajaba me sentía a la defensiva. Te culpaba, porque creí que lo sabías todo de mí, que leías los colores, que medías mis palabras, que adivinabas mi respiración y que no era necesario hacerme más simple ante tus ojos. Se me hacía tonto pensar que podía ocultarte algo, sobre todo a ti.
Cuando te conocí no podía creer que lleváramos tantos años en el mismo lugar, en el mismo espacio y que la vida te había puesto tanto tiempo después en mi camino. Dicen que las cosas se acomodan al final pero yo creo que, en mi caso todo fue menos eso y espero que esto forme parte de la acomodación.
Eres prueba de que la gente sorprende cuando menos te lo esperas. En la primera hora que te conocí, nunca me imaginé que ibas a ser lo que fuiste. Poco a poco me di cuenta que en realidad me encantaba la sorpresa que representabas y no sabes, lo mucho que me molestaba considerarme incapaz de estar a tú lado.
Pero, es que hay tantas cosas que se pusieron en medio: que si ésta que si aquél, que si esto o que si aquello, que si era o existía, que si se podía o no se podía. Pero fueron mis fantasmas y demonios que conocieron a los tuyos y, se pusieron de acuerdo para nunca dejarnos solos.
Por fin, un día con la consciencia alterada, después de tantos momentos incómodos y fuera de lo ordinario que vivimos. Tú, me dijiste” eso “y yo quería correr. Lo recuerdo todo, recuerdo quién estaba a mi lado, con qué te vestiste y cómo me vestí, las risas de la gente y las vueltas de mi cabeza. Sobre todo recuerdo que después de “eso” lo que más quería hacer en ese momento era correr pero llevándote a mi lado. Que me hablaras y me contaras cuentos, que me dijeras tus historias inventadas, tus frustraciones y alegrías, que rieras y lloraras, que me dejaras ser feliz a tu lado y tu feliz al mío. Tomarte de la mano.
Perdona mi reacción. Mi excusa fue saber que probablemente tú estabas con alguien más, era la degradación de sentirme algo más, algo al lado y algo que podía ser juzgado. Contestarte lo mismo, me hubiera hecho igual a ti y entonces ¿Qué? ¿Qué hubiera pasado? Creo que nunca lo sabré pero, si sé lo que pasó.
Perdón porque después de eso no reaccioné como me hubiera gustado . Perdón, porque ni siquiera reaccioné, porque probablemente te lastimé y de verdad que lo último que me hubiera gustado es, hacerte daño.
Nada se resuelve con un perdón, nunca. Lo sé, los perdones no consuelan. Pero ayudan a sanar las heridas . Las pruebas existen, sólo debes abrir los ojos
Después de “eso” me bloqueé. No te perdoné que me lo hubieras hecho. Lo tomé como algo personal, como un complot tuyo para sacarme de mis carriles y hacerme sentir fuera de la órbita donde soñar era mi meta. Y por eso te castigué con mi silencio y te hice a un lado aunque siempre te tenía en la cabeza. Quiero que sepas que cada que te veía, me hacías soñar, volar, frustrarme.
Es tan tonto como el ser humano tiene la capacidad de hacer daño a alguien que quiere y dañar su relación. Pero, es aún más tonto que nos hagamos los fuertes y malentendidos. No sé, ni tengo ni idea si alguna vez fui para ti lo que tú eres para mí. Aunque el tiempo disolvió muchas cosas y me perdí en ellas. Confieso que, si te veía, quería tenerte en mí y atesoraba más tu recuerdo, aun si te volviste ajeno a todo lo que me rodeaba.
Esta puta dualidad que juega con los seres humanos, me traicionó por muchos años y me hizo alejarte, aun si teniéndote cerca te sentía lejos. Hizo crecer en mí una admiración profunda hacia ti tan grande como la repulsión que me hacías sentir. Hizo nacer en mí, esas ganas de correr y dejarte mientras te tomaba de la mano. Y me hizo realizarme de la necesidad de saberme a tu lado en la misma frecuencia pero en diferente estación.
Tengo tantos recuerdos tuyos, tantas cosas que me hicieron pensar en ti. Tanto amor frustrado. Quiero que lo sepas, porque aun si ya nada de esto es válido no me deja crecer como persona y mucho menos, creer.
Te llevaba como una piedra y te cargué a todos lados. Fuiste punto de referencia para tantas cosas, tanto buenas como malas hasta hace tan poco tiempo.
Até tanto tu recuerdo y tu idealización a mí que terminaron fundiéndose en lo que ahora soy. Estos nudos, no me dejaban respirar, nunca hice nada porque, me dejaban seguir volando. Eras ese peso que me ataba a la tierra y, las alas que me despegaban del piso y de todo lo que fuera ajeno a mí.
En mi mente pasaron tantas cosas que decirte. Tantos discursos practicados y fallidos porque nunca te los pude decir frente a frente que tuve que esperar a irme de tu vida definitivamente para podértelos decir.
Incluso, la última vez que moría de ganas por quedarme a tu lado todo el día no me deje. Creo que en el fondo fue culpa de la adrenalina y mi romanticismo tan estúpido que me hacía creer que siempre hay tiempo.
Y otra vez en la misma carretera, mi discurso sin sentido y pasajero. Que sólo tenía como meta hacerte saber todo esto. Pero tú desapareciste. Ahora que volví con mi discurso más pulido, tú ya estas lejos y esta vez ya no había hilo que te atase a mí. Lo vi en ti y lo vi en mí. Ya no había nada que nos uniera. Más que el síndrome de las cosas inconclusas que te hacen creer que el amor no muere y solo se apaga.
Me hace mucho daño ver mal a la persona que me hacía soñar. Porque te juro que con cada palabra, cada cuento, cada sonrisa me hacías sentir feliz y siempre me tenías a la expectativa de que dijeras algo que me sorprendiera. No sabía que te amaba, no sé si lo hice. Pero si sé que, te quería ver feliz, llama a eso como quieras. Quizás la felicidad es tan subjetiva que en mi interpretación tú no lo eres, eras.
Creo que siempre hay dos que contribuyen. Esto aquí es mi parte. Lo demás, lo dejo a la vida, al tiempo y espero que a ti te haga bien si alguna vez te hice mal. Esto, amigo mío, es mi parte, para cerrar mi ciclo. Porque me lo debo y quizás a ti también. Y, porque creo que ya es hora de dejar que las cosas fluyan. Porque conocerte contribuyo a formar a la persona que soy. Y el ciclo que deje abierto porque esperaba que el destino lo cerrara me está impidiendo abrir uno nuevo. Hoy amigo, estoy dejando las cosas fluir.
Siento mucho, de verdad, haber dejado que el tiempo se haya hecho tan grande. Pero como te he dicho antes hay tiempo.
Aranzazu Zacarías

Y por qué no dejar todo pasar, olvidarse de todo, hacer una bola con todo aquello, y tirarlo hacia atrás sin voltearse?
Será que el cuerpo tiene su memoria, y que nuestros gestos están orquestreados por manos, signos, melodías, y todos los trucos de nuestros sentidos que fueron codificados tiempo atrás?
Será que uno no quiere olvidarse, por más duro que sea. O más bien uno no puede seleccionar lo que se quiere borrar o conservar. Que nos quedaría? Una torre a la cual le quitaron las bases y que está más descascarada que el muro de los lamentos y más inestable que la de Pisa. Por que necesitamos hasta de lo peor para seguir, hacia donde sea. Por que no se puede vivir de aire y de anestesia.
Quizás una de las alternativas es dejar ese sentimiento atrás con la ayuda de otro sentimiento. El perdón o el odio. El amor ligero o la frialdad insensible. Dejar atrás y seguir. Sin pensar en que esto de atrás se moverá y que no nos dejará con certeza hacer un paso más. Ya está, ya fue y no se moverá.
Nada es nunca tan fácil.
Y muchas veces se me viene la angustia como un huracán, a poseerme por horas, días y años. Pero el fin llega como las hojas otoñales. Cae. Lentamente. Pero un día, llega.
Y después de tanto palabreo vago e insensato digo: nada se busca, todo se encuentra y no hay nada mejor que las sorpresas. Y escuchar en silencio interior es una ventana a todo el universo, a la escucha de los secretos que hablan complicidad, alegría inocente y visión telescópica.
Soledad para estar mejor acompañado, soledad en el tumulto, compañía sin urgencia. Amistad sin contrato.
Riqueza en el mundo de los insectos y de las sombras.
que cuaticoooooooo!
Es increible como unas cuantas palabras ordenadas de cierta manera pueden tocarnos al grado de curar, herir, conmover…
Debo verme ridicula llorando frente a una pantalla, incluso cuando tal vez quien escribió el texto no sabía lo que hacia, no estaba dirigido a mi o a nadie, cuando quizá yo no debía leerlo.