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El poder de la palabra

Hay una razón por la que valga tanto la pena debatir y ésta se encuentra en el poder natural que reside en las palabras.

Wittgenstein solía decir que los límites de nuestro lenguaje son los límites de nuestro universo. Es decir, que nuestro universo está compuesto por todo aquello que podemos nombrar, describir y comunicar. Una experiencia compartida: al aprender un segundo o un tercer idioma, el mundo se vuelve más complejo, más rico y más colorido. ¿Cuántos hispanohablantes o franceses no han recurrido a la palabra saudade para nombrar ese sentimiento imposible de transmitir en otro idioma?

Sin embargo, detrás de la afirmación de Wittgenstein existe una implicación aún más importante: el mundo está construido sobre la base del lenguaje. Un objeto, una persona o una acción toman sentido en cuanto les damos un nombre, una característica, una naturaleza. Ahora bien, el sentido de las cosas no es inmutable en el tiempo y tiende a modificarse conforme el sujeto, es decir, la persona que experimenta la realidad, se enfrenta al mundo día con día. Y tal cambio de sentido ocurre necesariamente en una transformación del lenguaje.

El debate es el ejercicio mediante el cual se intercambian palabras y, por extensión, conceptos, ideas, argumentos y puntos de vista. Ahora, cuando dos sujetos se enfrentan a una discusión, entablan un proceso de reconstrucción de sus realidades. Con tanto ir y venir de palabras, sazonadas de lógica y emociones, las cosas dejan de ser lo que son para volverse otras, nuevas, más completas, diferentes. En un debate, inclusive de manera inconsciente, se redefinen los conceptos utilizados, se ponen a prueba las relaciones conocidas entre el sujeto y su mundo, se cambia de idea y de punto de vista. En pocas palabras, se transforma el mundo en barro para poder formarlo, reformarlo o deformarlo según el gusto del debatiente. Al final, un debate es una guerra del que nadie sale ileso: todos acaban viendo el mundo de forma diferente.

A nivel de herramienta pedagógica, el debate es muy útil por una simple razón: los alumnos descubren que, con el simple proceso del diálogo y la fuerza de sus palabras, son capaces de influir en lo que los rodea. Por lo tanto, un debate intenso despierta en ellos un interés por el mundo y la certeza de que son capaces de cambiar lo que no consideren que esté en su lugar. Empowerment, que no tiene forma de decirse en español, describe bien lo que ocurre después de dejar el corazón frente al estrado. De ahí que valga tanto la pena debatir.

Al final de cuentas, son sólo palabras, dirían algunos. Pero bueno, eso es nuestro mundo: acá, al fondo de las cosas, no existe otra cosa que no sea palabras.

Rafael Alatriste para el poyecto Poitiers MUN

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