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¿Cómo participar políticamente en Sciences Po Poitiers?

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El título es pomposo sólo para atraer la atención. Escribo motivado por un extraño malestar, este es el de permitir que ciertas opiniones sean eximidas de la crítica que merecen. No pretendo discordar ni apoyar cualquiera que fuere la idea que los actuales alumnos de Sciences Po tengan del rol de un delegado. Sin embargo para argumentar quiero recordar a un hombre que admiro profundamente, la verdad a varios, que contribuyeron de alguna forma en forjar lo que es hoy en día la participación de Poitiers.

Si el campus no ha cambiado demasiado, los debates deben vivirse con la misma intensidad con que nos tocaron a nosotros. Es un extraño lugar para opinar. Cada vez que se dice una barbaridad, lo que en el calor de un debate furioso nunca es extraño, se cae en el peligro de herir a un amigo, o al menos a un colega. Aún más si el debate trata algún tema álgido. Se corre el riesgo de que las pasiones ataquen, y en un ambiente en el que todos están muy unidos, esto puede derivar en turba contra quien hubiera hablado. Al estar obligado a verse la cara por lo mínimo por un año día tras día, la lógica quisiera una reducción de las fricciones o por lo menos una “libertad total” – sin reprehensiones – a la hora de emitir opiniones. Son sólo ciento cincuenta, y muchos quisieran guardar algo de alegría en el ambiente.

Ahora es que viene un hombre fantástico. Estábamos llegando al segundo año de Sciences Po; era nuestra primera reunión con Descoigns. Había una representante de un sindicato parisino, pero cuando llegó el momento de hacer preguntas, este hombre, y siéntase identificado, preguntó “¿Esta universidad tiene pretensiones de integrar a los estudiantes a la toma de decisiones?”. El Director dio una respuesta mentirosa, que no satisfizo a ninguno de los estudiantes del segundo año allí presentes y dejó paralizada a quién venía a dominar a los inexpertos poitevinos. Algún tiempo después este hombre se lanzó a delegado de año. A quien le tocó trabajar junto a él cuenta que puso un empeño gigantesco en la “simple labor de representar a los alumnos delante de la administración”. Me niego a pensar que nuestro delegado de segundo año fuera totalmente incoherente. Su orientación política era evidente; su convicción de que Sciences Po cambiaría a través de la participación, casi esperanzadora. Discordábamos en muchos puntos, empero compartíamos la idea que había que participar.

En su cabeza – en una universidad que toma tan poco en cuenta a sus subalternos –, el papel de un delegado de año era fundamental a la hora de restablecer una nueva forma de interacción con el estudiantado. Los campus tienen el plus de tener pocos estudiantes y de estar lejos de París; sumado a ciertas libertades administrativas. Por ello no hay que confundirse y este es mi primera idea, el trabajo de delegado es un trabajo eminentemente político. Entendiendo por político que redefine la forma en que los estudiantes son tratados por la administración y que lucha en pro de mayores beneficios de estos, dentro del marco de lo plausible; teniendo el infinito como referente.

La orientación política del delegado será discutida con el voto año tras año. Pero desconsiderar la fuerza política de un delegado de año es retroceder de lo que un gran hombre llamado Phillipe consiguió; en un ambiente muy particular, cabe recalcar.

Por lo cual, esta es mi segunda idea, no hay que confundir el problema del delegado de año, inminentemente político, y por ello atacable desde la política con la fuerza y la saña que la emoción política permite, por un lado, con los comentarios de un colega con el cual los estudiante se cruzarán todos los días. En lo ocurrido en los últimos días (leer a Rafael en Mural), vimos cómo se atacó a un colega en base a sus ideas. Sin pretensiones morales, hay que tener cuidado de no herir a un ser humano, puesto que la convivencia debe ser respetada. Es la dificultad del campus, por un lado el delegado es político y libera pasiones, por otro es importante contener, estas pasiones, para mantener la paz.

Finalmente, yo no conozco al delegado de primer año por lo cual me permito quebrar la nonata relación que al tener tanta distancia en el tiempo no se verá amenazada. Aquí me permito dar conclusión a mi segunda idea. El campus de Poitiers es especial entre otras cosas por la libertad que concede a las relaciones homosexuales abiertas. Vengo de un país machista y homofóbico; por ello cada expresión de duda ante la homosexualidad me suena al atraso visto en la cara de la desigualdad, allá en mi Venezuela querida. Así que la duda de un neófito en Poitiers contra la homosexualidad debe esperarse herir uno de los rastros de nuestros campus; esperar que su atraso sea correspondido con toda la rabia que produce un ataque a la alegría y a la paz. No caigamos en victimizaciones, aquí lo dicho es grave. Por suerte esto va a desembocar en un sano debate. Pero creo necesario que se construya un movimiento que defienda los derechos y que dirija los ataques contra lo aquí ocurrido: la ignominia y el atraso político.

No pido falta de libertad para los enemigos de la libertad. Dejemos las posturas moralizantes y sentimentalistas en un debate político que sólo pocos se han atrevido a lanzar.

Eduardo Ríos
Foto: Philippe Leroyer (CC)

4 commentaires

    De acuerdo contigo

  • C’est dans l’air du temps…le débat est incontournable.

  • C’est un de tes discours les plus justes mon cher Eduardo.Falo em serio.

  • ps: Philippe est incontournable :)

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